Si hace unos años me hubieran preguntado qué quería ser de grande, jamás habría respondido “ingeniera electrónica”. Quería ser bióloga.
Cuando llegó el momento de elegir una orientación en la secundaria, terminé en Tecnología de la Información y la Comunicación casi por casualidad. Mis amigos iban a elegir esa especialidad y pensé que, si no me gustaba, siempre podía cambiarme.
El primer año no ayudó demasiado. Empezamos con programación y la odié. Durante las clases entendía todo, pero cuando tenía la pantalla en blanco y debía escribir mi propio código, me paralizaba. Sentía que no era lo suficientemente inteligente, que simplemente no estaba hecha para eso.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que muchas veces confundimos frustración con incapacidad. Porque entender una idea y enfrentarse a crear algo desde cero son desafíos completamente distintos. En ese momento no lo sabía; solo pensaba que el problema era yo.
Todo cambió cuando conocí la plataforma Arduino.
Por primera vez la programación dejó de ser solamente texto en una pantalla y empezó a convertirse en algo tangible. Cada línea de código tenía un propósito: encender una luz, mover un motor, hacer que una idea cobrara vida. De repente quería seguir aprendiendo. Pasé un verano entero construyendo proyectos y, con apenas 16 años, me anoté en un curso de extensión universitaria donde era la única menor de edad. Después de pasar toda la jornada en la escuela, me quedaba tres horas más aprendiendo electrónica simplemente porque me encantaba.
Pero con el tiempo descubrí que había algo que me apasionaba incluso más que construir robots.
Siempre disfruté explicar. De chica era la que hacía los resúmenes para mis compañeros y trataba de encontrar distintas formas de que todos entendieran un tema. Cuando empecé a participar en voluntariados, dar talleres, mentorías y charlas, sentí el mismo entusiasmo que había sentido la primera vez que programé un Arduino.
Ahí entendí que mi lugar no era solamente desarrollar tecnología, sino también acercarla a otras personas.
Desde entonces intenté decir que sí a cada oportunidad de compartir ese entusiasmo. Durante años dediqué mi tiempo, de manera completamente voluntaria, a dar talleres de robótica, cursos virtuales, actividades para estudiantes y mentorías. Hoy soy cofundadora de Women in Robotics Argentina (Capítulo regional de la comunidad global que nuclea a mujeres y personas no binarias que estén o quieran estar en la robótica), y sigo convencida de que compartir el conocimiento es una de las formas más poderosas de transformar vidas. Nunca lo viví como un sacrificio. Al contrario, ver que alguien descubre una nueva pasión o se anima a probar algo que antes creía imposible es una de las mayores satisfacciones que me dio esta profesión.
Sin embargo, hay algo que nunca desapareció del todo: el síndrome del impostor.
Todavía hoy, cuando recibo un correo importante, una parte de mí piensa que quizá hubo un error. Cuando gané una beca para asistir a una conferencia internacional en Singapur sentí exactamente eso. Lloré de emoción, pero también pensé que probablemente al día siguiente iba a llegar otro mail diciendo que se habían equivocado de persona. Ese segundo correo nunca llegó.
Viajar a Singapur fue mucho más que asistir a una conferencia. Me dio confianza. Allí di una charla en inglés que preparé prácticamente de un día para el otro. Salí de ese escenario entendiendo algo que hasta ese momento me costaba creer: muchas veces somos mucho más capaces de lo que imaginamos.
Este año volvió a pasar. Cuando recibí el correo anunciando que había sido seleccionada para asistir con una beca a la IEEE International Conference on Automation Science and Engineering (CASE) en China, lloré otra vez. Llamé a mi mamá, a mi abuela, a mi primo, a mi mejor amiga. Necesitaba compartir esa felicidad porque, sinceramente, nunca dejo de sorprenderme cuando estas oportunidades llegan.
Pero, con el tiempo, entendí algo importante: la beca no apareció de un día para el otro. Es consecuencia de muchos años de aprendizaje, voluntariados, personas que confiaron en mí y muchísimas ganas de compartir la robótica con otros.
Por eso decidí crear #IriVaAChina.
La excusa fue conseguir sponsors para llevar mate y yerba a China, pero el verdadero objetivo siempre fue otro: mostrar que la robótica también tiene historias humanas. Que detrás de cada conferencia, cada proyecto y cada investigación hay personas que alguna vez dudaron de sí mismas, que aprendieron preguntando y que crecieron gracias a una comunidad.
También quiero visibilizar algo que muchas veces pasa desapercibido: hay muchísimas mujeres haciendo cosas increíbles en tecnología. Yo no soy la primera en ganar una beca internacional ni seré la última. Sin embargo, esas historias pocas veces llegan a quienes recién están pensando si este camino es para ellas.
Si esta nota logra que una sola chica piense “yo también puedo”, entonces todo este recorrido habrá valido la pena.
Porque, al final, el mayor reconocimiento no es viajar a una conferencia internacional.
Es descubrir que compartir aquello que te apasiona también puede cambiar la vida de otras personas.
Escribió: Irina Terebiznik | Comunidad CET
Edición: Chicas en Tecnología



