Cuando hablamos de bienestar digital, la primera imagen que suele aparecer es la de alguien mirando el celular demasiadas horas. El problema está planteado como exceso, y la solución, como restricción. Pero esa no es la única manera de pensarlo.
Si partimos de que la tecnología es un conjunto de herramientas que las personas creamos para resolver problemas y satisfacer necesidades, usar la tecnología de manera responsable no es cuestión de usarla menos: es cuestión de usarla con intención y autonomía. De que la tecnología esté al servicio de las personas, y no al revés.
¿Qué es el bienestar digital?
El bienestar digital es la capacidad de relacionarse con la tecnología de manera que favorezca la salud física, mental y social. Implica poder elegir cuándo conectarse y cuándo no, reconocer los efectos que el entorno digital tiene en el estado de ánimo y las decisiones, y desarrollar hábitos que estén alineados con los propios valores y necesidades.
No se trata de desconectarse del mundo digital, sino de habitar ese mundo con más conciencia. Y eso requiere algo más que fuerza de voluntad.
¿Qué pasa si usamos mal la tecnología?
Existe una narrativa que pone toda la responsabilidad en las personas: si pasamos demasiado tiempo en redes, es porque nos falta autodisciplina. Pero esa lectura ignora algo fundamental: los entornos digitales no son neutrales.
Las plataformas más utilizadas en el mundo están diseñadas para capturar y retener la atención el mayor tiempo posible. El scroll infinito, las notificaciones, los sistemas de recompensa variable (esos “me gusta” que aparecen de forma impredecible) son mecanismos de diseño persuasivo, creados con conocimiento profundo de cómo funciona el cerebro humano. No es un accidente, es un modelo de negocio.
Entender esto no es una excusa para no hacerse cargo del propio uso. Es el punto de partida para tomar decisiones más informadas. Algunas señales de que el entorno digital puede estar afectando el bienestar:
• Dificultad para concentrarse en tareas que antes resultaban sencillas.
• Sensación de ansiedad al no tener el celular cerca o al no revisar notificaciones.
• Comparación constante con otras personas en redes sociales que afecta la autoimagen.
• Alteraciones en el sueño vinculadas al uso nocturno de dispositivos.
Bienestar digital y género: una experiencia que no es igual para todas las personas
Las mujeres y las disidencias enfrentan en los espacios digitales formas específicas de violencia: acoso, hostigamiento, difusión no consentida de imágenes, discursos de odio. Además, los algoritmos de las plataformas tienden a amplificar estándares de belleza irreales y contenidos que refuerzan estereotipos de género, con efectos comprobados sobre la autoestima y la salud mental, especialmente en niñas y jóvenes.
El bienestar digital, entonces, también pasa por el derecho a habitar internet de forma segura. Construir esa realidad requiere que todos los sectores se muevan: plataformas que diseñen con responsabilidad, Estados que legislen con perspectiva de derechos, empresas que rindan cuentas, y organizaciones de la sociedad civil que sostengan la agenda y amplíen las voces que muchas veces no llegan a esas mesas.
¿Cómo construir hábitos digitales saludables?
Desarrollar una relación más saludable con la tecnología no depende solo de voluntad: requiere información, reflexión y, en muchos casos, cambios pequeños pero sostenidos en el entorno. Algunas ideas concretas:
• Conocer cómo funcionan las plataformas que usás. Revisar las configuraciones de privacidad, entender qué datos se comparten y con quién, y ajustar las notificaciones según tus necesidades reales (no las del diseñador de la app).
• Diseñar tu entorno digital intencionalmente. En lugar de reaccionar al entorno que otros diseñaron, podés elegir qué cuentas seguís, cuándo está disponible el teléfono y cómo organizas el tiempo en pantalla. Pequeños cambios estructurales suelen ser más efectivos que los propósitos.
• Practicar la atención selectiva. No toda la información que circula merece la misma atención. Desarrollar criterio para elegir qué consumir, cuándo y con qué propósito es una forma de ejercer autonomía frente a la sobreabundancia informativa.
• Identificar cómo te sentís después de usar distintas plataformas. No hay una respuesta universal: lo que genera bienestar en una persona puede generar malestar en otra. La observación propia es una herramienta.
¿Cuántas horas es recomendable usar el celular?
En adultos, no hay un límite de horas establecido. Esto es porque en la vida laboral y académica, los smartphones necesitan ser utilizados.
En niños y niñas, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) aconseja que los menores de 2 años no tengan ningún tipo de exposición a pantallas, ya que en esa etapa de la vida el aparato psíquico y el sistema nervioso central están inmaduros.
De 2 a 5 años, lo recomendable es un máximo de 30 a 60 minutos por día de contenido de entretenimiento. Siempre bajo la supervisión activa de un adulto. De 5 a 12 años, el tiempo sugerido es de 1 hora y media por día. A su vez, la SAP aclara que estos límites son solo para las pantallas que se usan por diversión o entretenimiento, no cuentan para el tiempo que los chicos pasan estudiando o en la escuela.
¿Cuántas horas debe estar un adolescente en la computadora?
Según la Asociación Española de Pediatría, para que el uso de las pantallas y de la computadora sea saludable en la adolescencia (de 13 a 16 años), el tiempo de uso se debe limitar a un máximo de 2 horas. Y como mencionamos antes, este límite es para cuestiones de entretenimiento, no para uso educativo.
¿Qué pasaría si pudiéramos diseñar la tecnología pensando en el bienestar?
Imaginar un entorno digital que priorice el bienestar de las personas por encima de la retención de la atención implica imaginar, también, quiénes lo están diseñando.
Hoy, las decisiones sobre cómo funcionan las plataformas que usamos a diario las toman equipos que, en su mayoría, no representan la diversidad de las personas que las habitan. Cuando falta diversidad en esos espacios, las soluciones que se diseñan tienden a reproducir los sesgos y los puntos ciegos de quienes las crean.
El bienestar digital no es solo un desafío individual ni una cuestión de hábitos. Es también una pregunta política: ¿qué tipo de tecnología queremos? ¿Quienes la construyen están pensando en toda la población? ¿Qué derechos deben ser innegociables en el entorno digital?
Necesitamos más personas con perspectivas diversas en los espacios donde se toman esas decisiones. Porque una tecnología que no nos incluye a todas las personas en su diseño, tampoco puede garantizar el bienestar de todxs en su uso.
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